Un reciente estudio de la firma consultora internacional McKinsey & Company, titulado Seizing the moment: Latin America’s productivity opportunity, ubica a Colombia entre las economías de la región con mayor potencial de crecimiento de cara al 2040. El informe destaca siete sectores a priorizar con los que el país podría alcanzar un crecimiento superior al 50% en su PIB en los próximos 15 años; productos agrícolas, frutas y vegetales, biocombustibles y biogás, gas natural, servicios de TI, business process outsourcing (BPO) e industria de centros de datos. Asimismo, resalta la oportunidad para América Latina de incursionar en el sector de Manufactura de Próxima Generación (vehículos eléctricos, baterías, semiconductores y dispositivos médicos), dada su cercanía con Estados Unidos, lo que reduce a la mitad los tiempos de entrega y costos logísticos frente a los grandes centros de producción asiáticos.
Surge entonces una pregunta clave: ¿cuál es el papel del Meta en este nuevo escenario económico y qué oportunidades tenemos para insertarnos en las cadenas globales de valor?. Actualmente, el Meta se ubica como el octavo departamento por PIB a nivel nacional, impulsado por la producción petrolera (cerca de 50% del PIB departamental). Sin embargo, en el Índice Departamental de Competitividad (IDC 2025) el Meta se ubicó en el puesto 16, lo que evidencia que las rentas petroleras no se han traducido en productividad, empleo formal ni diversificación del aparato productivo, a pesar de que se han hecho importantes esfuerzos de prospectiva dirigidos a crear las condiciones para que el departamento logre escalar hacia actividades de mayor valor agregado.
Producto de estos esfuerzos, en el año 2011 la Gobernación del Meta publicó un importante informe titulado Meta Visión 2032: territorio integrado e innovador, en el que se planteó un escenario de apuesta económico‑tecnológico para el departamento. Allí se proyectaba que, junto con la economía petrolera, el turismo y la agroindustria se consolidarían como base de la fortaleza económica, mientras la masificación de TIC y la apropiación de la ciencia y tecnología disparaban la innovación y la creación de empresas de base tecnológica. El petróleo no solo se veía como recurso, sino como base de una economía industrial más compleja, con refinación, producción de abonos y polímeros, articulada con centros de investigación y desarrollo para la agroindustria.
En esa visión, el Meta aparecía como el cluster agroindustrial, turístico y petrolero del oriente colombiano, con el piedemonte llanero especializado en biotecnología y aprovechamiento sostenible de la biodiversidad. Sin embargo, luego de 15 años, la realidad es que el departamento no ha logrado consolidarse como un polo agroindustrial de referencia para el país, ni como centro de innovación tecnológica regional. El ecosistema emprendedor de base tecnológica es incipiente, la academia no genera patentes ni marcas, el departamento sigue por fuera de los flujos crecientes de turistas internacionales y la actividad petrolera continúa reducida a la extración y transporte del crudo.
El informe de McKinsey ofrece insumos para la construcción de una nueva hoja de ruta para América Latina que el Meta no puede ignorar si quiere mejorar su posición competitiva frente a otras regiones del país y del continente; revitalizar la base industrial, aprovechar la digitalización y potenciar sus ventajas naturales. Aunque el Meta no parte de cero en este esfuerzo, sí parte de un modelo basado en la explotación de recursos no renovables con altas rentas petroleras (enfermedad holandesa), más no sobre la capacidad productiva, el empleo de calidad y la innovación sistemática, lo que ha generando una brecha creciente entre su potencial productivo y su desempeño económico real.
Cuatro apuestas para el Meta
En ese contexto, la primera gran apuesta para el Meta es convertir su vocación agropecuaria en una agroindustria de alto valor y la bioeconomía, articulada con cadenas de agroalimentos, bioproductos y servicios logísticos. El sector agropecuario, con base en ganadería, palma, arroz, frutas tropicales, entre otros, puede escalar mediante tecnificación, riego y transformación local, emulando modelos como el de Mato Grosso, en Brasil, con seguridad jurídica en tenencia de la tierra, encadenamientos eficientes, acceso a insumos agrícolas claves y acceso al crédito. Un salto de productividad en el campo permitiría aumentar el PIB sin ampliar la frontera agrícola, lo que sumado a amplias extensiones de tierras disponibles y baja presión demográfica, generaría nuevos empleos formales.
La segunda apuesta cruza el petróleo con la transición energética y la infraestructura estratégica, reconociendo que el Meta es uno de los motores de hidrocarburos del país, pero también un escenario con ventajas en energía alternativas (fotovoltaica y bicombustibles de segunda generación) y conectividad. El reto es que la renta petrolera financie la infraestructura estratégica necesaria para la conectividad regional, la educación técnica, proyectos de energías renovables, centros de datos y minería sostenible, construyendo un puente hacia una economía menos vulnerable a los choques de los precios internacionales del crudo. En este punto, el Meta se alinea con la visión de McKinsey sobre la importancia de la energía y los recursos naturales en el crecimiento regional, sin depender exclusivamente de la extracción petrolera.
En tercer lugar, la apuesta por servicios intensivos en conocimiento y digitalización permite que el departamento compita en sectores de alto valor agregado, como software, BPO y servicios empresariales digitales. La cercanía horaria y cultural con Estados Unidos, la base de talento joven y la creciente oferta de conectividad posicionan al Meta como un posible hub tecnológico de la Orinoquía, más allá de su rol tradicional de proveedor de commodities. Para ello se requiere una gran apuesta por diversificar la oferta formativa en disciplinas STEM (biotecnología, nanociencia, bioinformática, genética, química, física, medicina, desarrollo de aplicaciones web/móviles, ciberseguridad, big data, robótica, telecomunicaciones, ingeniería informática, electrónica, mecánica, biomédica, matemáticas, estadística, análisis de sistemas, economía cuantitativa, etc.).
En cuarto lugar, la apuesta por el turismo y servicios territoriales avanzados permite que el departamento aproveche su diversidad natural, cultural y logística para generar ingresos estables y de actividades productivas diversificadas. El reto es pasar de un modelo de eventos aislados y turismo de fin de semana hacia un sistema de productos turísticos integrados (naturaleza, MICE, salud, educación), que aumenten el gasto y la estancia de los visitantes. El posicionamiento internacional del Meta como destino, el aeropuerto internacional de la Orinoquía, la construcción de infraestructura y el apoyo técnico y financiero a las diferentes rutas turísticas, son pasos necesarios para el desarrollo de la industria del turismo.
Si el Meta logra avanzar de manera coherente en estas cuatro apuestas, puede aspirar a ubicarse como el quinto PIB del país hacia 2040, detrás de Bogotá, Antioquia, Valle del Cauca y Santander, con una estructura económica más diversificada. Este escenario no es automático, pues requiere que la ventaja comparativa en recursos naturales, tamaño territorial y cercanía a mercados se convierta en ventaja competitiva mediante inversión, regulación adecuada y formación de capital humano. El Meta puede dejar de ser un eslabón pasivo en la cadena nacional y posicionarse como un actor regional con capacidad de atracción de inversión nacional y extranjera.
Para lograrlo, el departamento debe implementar una agenda de condiciones habilitantes que vaya más allá de proyectos aislados de bajo impacto, como ha ocurrido con los recursos de regalías en los últimos 20 años que se ha esfumado sin dejar una capacidad instalada. Una política agresiva de formación técnica y superior, vinculada a agroindustria, energía, servicios digitales y turismo, junto con formación estratégica en operación, sostenibilidad y seguridad de infraestructuras digitales críticas. La creación de instrumentos efectivos para atraer inversión, como Zonas Económicas Especiales, Zonas Francas, clústeres y alianzas público‑privadas, alineados con las apuestas de alta productividad identificadas en el informe de McKinsey.
La mejora de la gobernanza y la planificación de largo plazo es fundamental para garantizar la estabilidad de proyectos de 10–15 años, sin caer en el vaivén de prioridades entre gobiernos departamentales y municipales. La inversión en infraestructura y conectividad, ampliación de saneamiento y modernización de servicios urbanos es un facilitador básico de la competitividad regional, que facilita el transporte de bienes, la movilidad de personas y la llegada de visitantes y empresas de servicios.
Finalmente, el Meta no necesita más diagnósticos sobre su potencial, ni promesas en época electoral. Requiere un gran pacto por la productividad y el desarrollo sostenible, cuyos protagonistas deben ser el sector privado y gremios, la academia, centros de investigación y desarrollo tecnológico, autoridades ambientales, asociaciones campesinas, comunidades étnicas, entidades nacionales e internacionales, compañías petroleras y la comunidad en general, conscientes de que los planes de desarrollo departamental y municipales deben evaluarse año a año con metas claras en términos de incremento del PIB per cápita, número de empleos formales creados, crecimiento de la inversión privada, valor de las exportaciones e ingresos por turismo extranjero, con proyección al 2040. Esto transformaría la hoja de ruta de 2011 en resultados concretos sobre el territorio, abriendo un sinfín de oportunidades y mejorando la calidad de vida de los metenses